Madrastra me montó esta mañana sin parar de follar
El despertador no había sonado ni dos veces cuando ella ya me tenía encima, con sus tetas enormes rebotando mientras me cabalgaba como una posesa. No me dio tiempo ni a abrir los ojos antes de que me agarrara la verga dura y se la clavara hasta el fondo del coño, empapado y listo para recibirme. Grité como un animal cuando sus nalgas golpearon contra mis muslos, sintiendo cómo su coño se aferraba a mi polla cada vez que se dejaba caer sobre mí con fuerza. No había tiempo para besos ni caricias, solo para gemidos ahogados y el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando sin piedad. Sus uñas se hundieron en mi pecho mientras me montaba al revés, con su culo redondo y prieto rozándome la cara cada vez que se inclinaba hacia atrás, y su coño chorreante dejando un rastro de jugos sobre mis pelotas. La muy puta no paraba de gruñir, con la voz ronca de tanto gritar, mientras yo le agarraba las tetas grandes para empujarla más fuerte contra mi verga, que no dejaba de bombearle dentro sin piedad. Cuando por fin me corrí, ella no se detuvo: siguió cabalgándome hasta que noté cómo su coño se contraía alrededor de mi polla en espasmos, exprimiéndome hasta la última gota mientras los dos nos quedábamos sin aliento, sudorosos y exhaustos sobre la cama revuelta. Todavía no habíamos terminado cuando volvió a enroscar sus piernas alrededor de mi cintura y me susurró al oído que esta vez quería que la empotrara contra la pared, porque le encantaba sentir mi polla hasta la garganta. Y yo, como un idiota, solo pude obedecer, porque con una madrastras así no hay quien resista.