La vecina cachonda se deja follar en la azotea
Era un mediodía caluroso cuando decidí que no aguanto más, el calor me tenía el coño ardiendo y el vecino del piso de arriba, ese cabrón que siempre me mira cuando paso, había dejado la puerta entreabierta con el aire acondicionado a todo lo que da. Me acerqué sigilosa, con mis tacones altos y el vestido corto que apenas cubría mis bragas mojadas, y me metí sin que nadie me viera. El muy hijo de puta estaba esperándome, o al menos eso sentí cuando me empujó contra la pared y me bajó las bragas con brusquedad, sus dedos gruesos ya sabían exactamente dónde tocar, cómo frotarme el clítoris justo hasta que mi respiración se volvió un gemido ahogado. Escuché pasos en el pasillo de abajo, pero no me importó, solo quería que me llenara de una vez, así que le bajé el pantalón y saqué esa verga dura que ya conocía, me empalé en ella de un solo movimiento, sintiendo cómo me estiraba por completo, cómo cada centímetro de su polla entraba hasta hacerme tocar fondo. Él me sujetó de las caderas y comenzó a embestirme con fuerza, sus manos en mi culo, mis tetas rebotando con cada golpe, y aunque sabía que en cualquier momento alguien podía entrar, solo podía gemir más fuerte, arqueándome para que pudiera penetrarme más profundo. El sudor me corría por la espalda, su aliento caliente en mi cuello, y cuando sentí que se iba a correr, le pedí que lo hiciera dentro, que me llenara hasta rebosar, y lo hizo, con un gruñido ronco mientras me apretaba contra él, las paredes de mi coño palpitando alrededor de su verga. Ahora mismo, mientras me limpio con un pañuelo, solo pienso en volver a hacerlo, en que esta vez no nos pillen, en que podamos seguir así, follando como animales en cualquier lugar y momento.