La esposa inocente se deja empotrar en la biblioteca
Su culo prieto temblaba cada vez que él pasaba cerca con ese libro bajo el brazo, como si supiera que tarde o temprano terminaría entre sus muslos. La esposa del amigo, con esos labios rojos que pedían a gritos ser mordidos, fingía leer en la biblioteca mientras su coño ya estaba empapado imaginando la polla gruesa que le rompería el himen otra vez. Él no pudo aguantar más: la agarró por la cintura, la sentó en el escritorio lleno de libros y le arrancó el vestido sin piedad. Ella gimió cuando la lengua gruesa de él le lamió el clítoris desde atrás, mojando más el tanga negro que apenas cubría su conejito. Con las tetas libres y los pezones duros como piedras, él la empaló contra la estantería, haciendo que los libros cayeran como fichas de dominó mientras su culo se sacudía al ritmo de cada embestida. Ella chilló cuando la polla le dio en lo más profundo, sintiendo cómo el semen caliente le quemaba las paredes del coño mientras se corría sin control, con los muslos temblorosos y la boca llena de babas por los gemidos que no podía contener. Él no se detuvo ahí: la dio vuelta, le abrió las nalgas con las manos y le metió la verga hasta la garganta, obligándola a tragar cada gota de leche que le escupió en la boca entre gemidos roncos. El olor a sexo y sudor llenó la biblioteca mientras ella, exhausta y satisfecha, se dejaba llenar una y otra vez por esa bestia que le había robado el marido sin que él supiera nada. Al final, con el coño chorriando y el culo marcado por las manos de él, la esposa inocente suspiró satisfecha, sabiendo que esa noche nadie la iba a perdonar por dejarse follar así de duro.