La rubia recibe una polla enorme por detrás
La morena de piel pálida se arquea sobre la mesa del comedor con las tetas aplastadas contra la madera mientras él le levanta el culo redondo con las dos manos hasta dejarlo bien alto. La polla negra, gruesa como su muñeca, ya gotea gotas brillantes de líquido preseminal que resbalan por el tronco pulido y le mojan el coño depilado antes de que le clave la punta entre los labios hinchados. Ella suelta un gemido ronco cuando la cabeza gruesa le abre la entrada con un empujón fuerte y el sonido húmedo de la carne chocando contra carne llena el aire junto a los gritos ahogados que le salen de la garganta. Cada embestida le hace botar las nalgas gigantes que le tiemblan como gelatina madura bajo las manos que la sujetan con fuerza, mientras el cabrón le clava los dedos en las caderas y la empala hasta el fondo una y otra vez sin piedad. La mesa cruje bajo el peso de sus cuerpos sudados y los pezones rosados de ella se clavan contra la madera cada vez que el negro le levanta el torso para clavársela más hondo, sintiendo cómo el coño le absorbe la verga hasta dejarla sin aire. Los jugos vaginales le resbalan por los muslos pálidos formando charcos brillantes en el suelo mientras él acelera el ritmo hasta que el sonido de los choques de carne se vuelve ensordecedor y los gemidos se convierten en gritos desgarrados. Cuando por fin el negro clava la polla hasta las pelotas y se corre dentro con un gruñido bestial, ella siente cómo la leche caliente le inunda el útero hasta rebosar por los bordes, manchando la mesa y el suelo con un reguero espeso que huele a sexo crudo y a sudor mezclado. La morena queda jadeando, con las piernas temblorosas y el culo enrojecido por los golpes, mientras el negro se retira con un sonido vulgar de succión y le deja caer la leche por el coño abierto como un río blanco que le resbala entre las nalgas antes de formar un charco a sus pies.