La monja traviesa Lady Lazarus se entrega al pecado con Dick Wolff
—'¿Te atreves a probar lo que la hermana Lazarus guarda bajo este hábito?'— me susurró él, rozando mi culo redondo con esa polla que ya no podía esconder. Yo, la monja más pura del convento, sentí cómo mi coño se mojaba al verlo tan grande, tan duro, tan prohibido. Nunca imaginé que bajo esa mirada inocente se escondía un demonio que quería empotrarme contra el muro del jardín. Me arrodillé para chupar esa verga gruesa, sintiendo cómo me llenaba la garganta hasta que las lágrimas rodaron por mis mejillas. Pero él no se conformó: me levantó de golpe, me arrancó el tanga y me empaló de una estocada, haciendo que mi cuerpo entero vibrara con cada embestida. Grité como una puta en celo, sintiendo cómo esa polla enorme rozaba puntos que ni sabía que existían. Cuando me dio la vuelta y me penetró por detrás, el choque de sus caderas contra mi culo me hizo perder la razón. Me corrí tan fuerte que mojé hasta sus pelotas, pero él no paró: me llenó de leche caliente mientras gemía mi nombre como si fuera un maldito ritual. Ahora sé que el pecado sabe mejor cuando se hace con alguien que te descubre hasta donde puedes llegar. La próxima vez, será en la sacristía... y no habrá confesión que me salve.