La fogosa sirvienta latina se deja chupar la polla sin parar
Silvia llegó con su delantal puesto y ese culo prieto rebotando bajo la falda ajustada, pero en cuanto la puerta se cerró de un golpe, él le arrancó la prenda de un tirón y le clavó la mano en la melena negra mientras le gruñía que se arrodillara. La muy zorra no se hizo rogar, se abalanzó sobre su verga gruesa y caliente como si llevara semanas soñando con ese sabor a carne madura, chupando con ansias hasta que los huevos le golpearon los labios. Entre gemidos roncos le suplicó que la llenara bien, que le diera fuerte ese coño empapado que ya le ardía por dentro, así que él la levantó en volandas y la empotró contra la pared del pasillo, donde sus tetas enormes rebotaban con cada embestida salvaje que le arrancaba gritos de puta necesitada. La seda de su blusa se rasgó al apretarla contra el yeso, pero a ella le importó un carajo: solo quería sentirlo más adentro, con esa polla que le estiraba el coño como a una muñeca de trapo, metiéndosela hasta el fondo mientras le mordisqueaba el hombro y le decía que era su putita favorita. Silvia se corrió dos veces antes de que él decidiera cambiarla de posición, tumbarla boca arriba en el sofá del salón y clavársela hasta que los muslos le temblaban y el vello se le pegaba al sudor, mientras los jugos le resbalaban por el culo y le manchaban los cojines caros. Él no se quedó atrás, gruñó como un animal cuando la sintió apretarle la verga con esos músculos que la hacían gemir como una auténtica descarada, y se corrió dentro de ella con un chorro espeso que le dejó el coño bien lleno y tembloroso. Cuando por fin se dejaron caer sobre el suelo, jadeando como dos bestias saciadas, Silvia se llevó los dedos a la boca y se lamió la mezcla de saliva y leche que le quedaba en los labios, susurrando que quería más... y mucho más fuerte.