Judith la ninfómana se come la polla de Roger con pasión
Judith siempre tuvo una debilidad por esos cuerpos fibrosos con pollas gruesas que se marcan bajo la ropa ajustada, y Roger no era la excepción. Desde el primer día que lo vio entrar al gimnasio con ese short que le dejaba ver cada músculo marcado, supo que tarde o temprano acabaría con esa verga bien dura metida hasta el fondo en su coño empapado. Hoy no fue diferente: después de un par de copas y un baño de crema que dejó su piel brillante como el mármol, él apareció en su casa con esa sonrisa pícara y ese bulto imposible de ignorar bajo los pantalones. Judith no aguantó más: se le lanzó encima como una perra en celo, le bajó los pantalones de un tirón y se tragó su tronco grueso hasta que la garganta le ardió, sintiendo cómo la polla le golpeaba el paladar mientras él gemía y le agarraba el pelo con fuerza. Roger no perdió tiempo y la levantó en volandas para empotrarla contra la pared, con las tetas rebotando cada vez que sus caderas chocaban contra ese culo redondo y prieto que tanto le ponía. Ella gritaba como una loca, con los jugos resbalando por los muslos mientras él le clavaba la verga hasta que no quedó ni un centímetro del coño sin tocar, sus pelotas golpeando sin piedad contra su clítoris hinchado. Judith se corrió primero, con un espasmo que la dejó temblando, pero Roger no se detuvo: la volteó boca abajo sobre la cama, le levantó el culo bien alto y se la folló a gatas como un animal, sus embestidas tan profundas que ella sintió cada vena de esa polla monstruosa rasgando sus paredes internas. Cuando ya no pudo aguantar más, le ordenó que se corriera en su cara, y con un rugido gutural le disparó chorros gruesos de leche caliente que le cubrieron las tetas, la boca y hasta los ojos, dejando su rostro completamente empapado mientras ella se relamía los labios, dispuesta a chupársela de nuevo. La polla siguió dura como una roca, palpitando entre sus dedos mientras Judith se masturbaba con los restos de semen, imaginando cuántas veces más podría aguantar esa verga entre sus piernas antes de que el cansancio la venciera.