Jocilena y su coñito estrecho que pide más
La habitación estaba iluminada por la luz tenue de la lámpara, con las sábanas revueltas y el aire cargado de deseo. Yo llevaba días mirándola, imaginando cómo sería sentirla contra mí, pero la tensión se volvió insoportable cuando sus manos rozaron mi piel. Sus dedos se deslizaron por mi espalda, y supe que no aguantaría mucho más. Me acerqué, sintiendo su respiración acelerada, y le susurré al oído lo que quería hacerle. Su coño ya estaba mojado, palpitando, listo para recibirme. La empujé contra la pared, levantando su pierna para abrirla más, y me hundí en ella de una estocada, sintiendo cómo su carne apretaba mi polla. Gritó, pero no de dolor, sino de placer, y eso me encendió aún más. La embestí una y otra vez, sintiendo cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mí, hasta que sus gemidos se volvieron más intensos y supe que estaba cerca. Me corrí dentro de ella, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo el mío. Cuando terminé, Jocilena se quedó quieta, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha en los labios, como si por fin hubiera obtenido lo que tanto anhelaba.