Follame la boca mientras me la metes hasta las pelotas
El olor a gel de ducha se mezclaba con el sudor de su piel cuando te acercaste por detrás, rozando tu polla contra su culo perfectamente dibujado en esos shorts ajustados que llevaba toda la semana usando para provocarte. Sabías que lo hacía a propósito, enviándote fotos en ropa interior apenas cubierta, rozándose contra el sofá cada vez que pasabas, susurrando ‘¿no quieres algo más?’ al pasar junto a tu dormitorio con la puerta entreabierta. Pero esta vez no te contuviste: la agarraste de la cintura, sintiendo cómo su respiración se agitaba al pegar ese culo redondo contra tu erección. ‘Llevo días diciendo que te la chupo, ¿o no escuchaste?’, gimió mientras te empujaba hacia su boca, tragando tu verga entera de golpe. Cada vez que la sentías ahogarse, empujabas más, sintiendo su garganta cerrarse alrededor de tu polla al llegar hasta las pelotas. Sus manos se clavaban en tus muslos, marcando lunares con sus uñas mientras la humedad entre sus piernas se convertía en un charco bajo tu peso. La volteaste contra la cama, separándole las piernas con las rodillas y empotrándola de una estocada que la hizo gritar, sintiendo cómo su coño se ajustaba a cada centímetro de tu verga como un guante caliente. Cada embestida la acercaba más al abismo, sus gemidos se volvían más agudos, hasta que solo pudo jadear ‘dame toda tu leche’ antes de correrse en tus dedos, temblando. Cerró los ojos, sintiendo el calor de tu corrida adentro, pensando que por fin había logrado lo que tanto deseó: romperte la paciencia y hacerte suyo.