Esposa caliente se deja empotrar fuerte por su amante
La esposa de pelo negro y cuerpo de diosa llevaba días mirando a su vecino con esos ojos de puta cachonda mientras regaba las plantas. Hoy, después de que el marido se fuera a trabajar, no pudo resistirse más y lo llamó con un mensaje sucio que él no pudo ignorar. Cuando abrió la puerta con solo una bata transparente que apenas cubría sus tetas grandes y redondas, el tipo se le tiró encima como un animal hambriento. Ella jadeó cuando le metió los dedos entre sus piernas y notó lo mojada que estaba su conejita depilada, lista para ser follada sin piedad. Él la empujó contra la pared del pasillo, le arrancó el tanga con un tirón seco y le lamió el coño con avidez mientras ella gemía como una perra en celo. No aguantó más y le suplicó que la empalara con esa verga gorda que le había estado robando el sueño. Él la levantó en volandas y la sentó sobre su regazo en el sofá, clavándole la polla hasta el fondo mientras sus tetas rebotaban al ritmo de sus embestidas brutales. La esposa gritaba cada vez que la cabeza de su verga le golpeaba el clítoris, pidiendo más y más hasta que el salón se llenó de sonidos de carne chocando y suspiros entrecortados. La follada se volvió más salvaje cuando él la puso en cuatro patas sobre la alfombra, agarrándole el culo redondo y apretado para hundirse hasta las pelotas en su coño empapado. Cada embestida le sacaba un chorro de jugos calientes que resbalaban por sus muslos, y el olor a sexo se mezclaba con el sudor que le resbalaba por la espalda. Cuando ya no pudo más, él se corrí dentro de ella con un gruñido animal, llenándole el vientre de leche caliente mientras ella se retorcía de placer contra el suelo, exhausta pero satisfecha. Antes de irse, él le dejó un chupetón en el cuello y le susurró al oído que volvería al día siguiente para terminar lo que habían empezado.