Enfermera sexy audiciona como novia en la cama
La enfermera de turno nocturno llegó a casa del paciente con una sonrisa de oreja a oreja y un coño que ya goteaba por los muslos al verle la polla dura bajo la bata. Él, con esa barba de tres días que le hacía parecer un pirata sucio, le agarró del pelo y le metió la lengua hasta la garganta mientras le arrancaba el uniforme de una vez, dejando al descubierto esos pechos enormes que le hacían babear. Ella gimió como una puta caliente al sentir su mano en el culo, apretando esa carne firme que rebotaba con cada embestida que él le daba contra el colchón, empotrandola sin piedad mientras le susurraban groserías al oído. La enfermera, con esa piel morena clara que brillaba bajo las luces tenues, se retorcía de placer cuando él le chupaba los pezones duros como piedras mientras le metía dos dedos en el coño empapado, haciéndola gritar su nombre entre jadeos. Él no aguantó más y la volteó como si fuera una muñeca, levantándole ese culazo que le ponía la cabeza loca para clavársela desde atrás, sintiendo cómo su coño se abría como una flor mojada con cada embestida profunda que le dejaba la espalda arqueada. Los tatuajes de ella brillaban bajo el sudor mientras se agarraba a las sábanas, chillando como una loca cuando él le dio una palmada en el culo que resonó en toda la habitación, mezclando el sonido de los cuerpos chocando con los gemidos ahogados entre besos sucios. Él, con esa barba que le raspaba la piel, le mordisqueó el cuello mientras le metía la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga al correrse con un gritó que casi le revienta los tímpanos. Ella se dejó caer sobre la cama, toda mojada y temblorosa, mientras él le susurraba al oído que era la mejor audición de su vida, pero que aún faltaba la parte más importante: que le chupara esa polla gigante hasta dejarla limpia de leche espesa. Con una sonrisa pícara, ella se arrodilló entre sus piernas y se la tragó entera, sintiendo el sabor salado en la lengua mientras él le agarraba la cabeza para empotrarle la garganta sin compasión, dejándola sin aliento antes de correrse de nuevo en su boca con un rugido que sacudió la habitación.