Hermanastro me deja follar con su polla enorme en el auto
El muy cabrón sabía que lo deseaba desde que me vio con el short ajustado y la blusa que casi me revienta los botones. Me hizo sentarme en su regazo mientras manejaba por la autopista, sus manos gruesas apretando mis caderas y su polla dura como piedra clavándose contra mi coño empapado. Le susurré al oído que no me importaba que nos descubrieran, que solo quería sentirla bien adentro, que me empotraran hasta dejarme sin aliento. Él se rio mientras bajaba mi tanga de un tirón, dejando al descubierto mi concha temblorosa y lista para ser devorada. La primera embestida me hizo gritar, la cabeza echada hacia atrás mientras sus bolas golpeaban mi culo con cada envite, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba el auto. Me agarraba del volante con una mano y con la otra me amasaba los pechos, pellizcando mis pezones duros hasta que me quejaba de placer. Cada vez que su polla llegaba hasta el fondo, sentía cómo mi coño se abría para tragársela entera, mi carne palpitando alrededor de su grosor mientras él gruñía como un animal. Los gemidos se volvieron incontrolables cuando cambió de posición, me empujó contra el asiento y me levantó las piernas para clavarme la verga hasta la garganta del útero. El calor de su corrida quemando dentro de mí fue lo último que necesité para correrme yo también, mis jugos resbalando por mis muslos mientras los dos quedábamos jadeantes, su semen goteando entre mis piernas. Todavía con la polla dentro, me mordisqueó el cuello y me prometió que la próxima vez me la metiera por el culo mientras sus amigos nos miraban. El viaje a casa se sintió eterno, pero con su semen chorreándome entre los muslos y el olor a sexo flotando en el aire, supe que esto no sería la última vez que me dejara usar su verga en cualquier parte.