Esclava se humilla sola con consolador en casa
La puta llevaba días sin correrse y hoy decidió que era el momento de darse placer aunque fuera frente a la cámara, sabiendo que la iban a ver miles de cabrones deseando su coño mojado. Agarró el vibrador rosa de su mesita, lo encendió a máxima potencia y se lo clavó en el clítoris sin piedad, gimiendo como una perra en celo mientras se abría las tetas naturales con la otra mano. Las cadenas del collar le rozaban el cuello pálido cada vez que se retorcía en el sofá, recordándole que era una esclava hecha para obedecer, pero hoy solo obedecía a su propio placer sucio. Se humilló más bajando la falda de su uniforme de sirvienta hasta los tobillos, dejando al descubierto su raja empapada que brillaba bajo la luz tenue del salón, lista para que cualquier hijo de puta la viera babear de lujuria. Con los grilletes puestos en las muñecas, se ató las manos a la espalda para que no pudiera tocarse más que con el juguete, apretando los dientes mientras la cabeza del consolador le lamía el coño caliente una y otra vez. El sonido de los azotes que se daba a sí misma con la otra mano resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos que salían de su garganta como un animal en celo, imaginando que eran las pollas duras de todos esos desconocidos que la observaban desde sus pantallas. Cuando el vibrador le llegó al punto G, sus piernas empezaron a temblar como gelatina y una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo entero, haciendo que se corriera con un grito ahogado mientras el líquido le resbalaba por los muslos pálidos. La puta se quedó tirada en el suelo, jadeando como una zorra exhausta, con el coño palpitante y el consolador todavía vibrando entre sus dedos temblorosos, deseando que alguien más viniera a terminar lo que ella sola no podía hacerle a su cuerpo traicionero.