Mamá caliente juega con dos consoladores en casa
La vecina del quinto, con sus caderas anchas y esa barriga suave que se le marca bajo la camiseta ajustada, no pudo resistirse cuando su colega del trabajo le enseñó cómo se usa un dildo de verdad. Él llegó a su piso con dos pollas de silicona gigantes y una sonrisa pícara, mientras ella se mordía el labio inferior al verlas relucir bajo la luz del dormitorio. Sin pensarlo dos veces, se quitó el sujetador de encaje negro y dejó que esos pechos generosos y naturales le rebotaran libres al agacharse sobre la cama, gimiendo de anticipación. Él le pasó el juguete más grande por el coño ya mojadísimo, frotando la cabeza bulbosa contra su clítoris hinchado hasta que ella empezó a jadear como una puta en celo. Primero fue lento, metiéndoselo poco a poco mientras le chupaba un pezón rosado y duro, pero cuando ella le agarró la muñeca con fuerza y le suplicó que la empotrara, se volvió salvaje. La tumbó boca arriba sobre el colchón rebelde y le clavó el consolador blanco por el coño sin piedad, haciendo que sus jugos resbalaran por sus muslos mientras ella gritaba con cada embestida profunda. Luego, con un movimiento brusco, le dio la vuelta y se lo metió por el culo, llenándola de gemidos roncos que resonaban en las paredes del piso pequeño. Los dos consoladores trabajando al mismo tiempo la dejaron fuera de sí, con el vientre tenso y los muslos temblorosos, hasta que una descarga eléctrica le recorrió la espalda y se corrió con un chorro de leche espesa que le manchó las sábanas blancas. Él no paró ni un segundo, follándola sin compasión hasta que los dos acabaron exhaustos, sudorosos y con las respiraciones entrecortadas, mientras ella se quedaba tirada en la cama con las piernas abiertas y una sonrisa de puta satisfecha.