Dos morenas en fetiche de strap-on se descontrolan en la oficina
Las dos morenas no podían aguantarse más desde que Olivia Westsun entró a la oficina con ese minivestido ajustado y unas medias de red que le marcaban el culo prieto, mientras Olivia del Rio se mordía el labio al ver cómo le bailaban los pechos bajo la blusa transparente. Lo que empezó con un beso robado entre susurros y manos metidas por debajo de las faldas terminó en un espectáculo de gemidos ahogados cuando la más atrevida sacó un strap-on de un cajón y lo ajustó con un clic que las puso a temblar. Olivia Westsun, con las piernas bien abiertas sobre el escritorio y el tanga arrancado de un tirón, no pudo evitar gemir cuando los labios de su compañera le lamieron el coño depilado hasta dejarla chorreando, sintiendo cómo el aliento caliente le mojaba el clítoris antes de que la polla de goma empezara a empotrársela con embestidas lentas que le hacían arquear la espalda y gritar como una puta en celo. Olivia del Rio, con los tacones clavados en el suelo y las medias rotas por el apuro, no se quedó atrás: se puso a cuatro patas sobre la alfombra persa, con el culo en pompa y el strap-on bien tieso, mientras la otra morena le lamía el ano hasta dejarla resbaladiza antes de clavársela hasta las pelotas, haciendo que sus tetas gigantes rebotaran con cada embestida y que un hilillo de babas le cayera de la boca entre gemidos de "más, más, no pares, métemela hasta el fondo". El olor a coño mojado y a sudor se mezclaba con el crujido de las medias al romperse, el sonido húmedo de los cuerpos chocando y los gritos ahogados en la garganta cuando Olivia Westsun, con los muslos temblorosos, le ordenó a su amante que se diera la vuelta y se dejara empalar por detrás, sintiendo cómo la polla de goma le destrozaba el culo mientras le agarraba los pechos desde atrás y le mordisqueaba el cuello como una loba en celo. Los jugos le resbalaban por las piernas, manchando el suelo de oficina mientras ambas morenas se corrían a la vez, con los cuerpos pegajosos y los gritos tan fuertes que hasta el de la limpieza escuchó algo y decidió no entrar en ese momento, dejando que se desmadren a sus anchas sin interrupciones.