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Dos monjas se turnan chupando la polla gruesa

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Las dos monjas llevaban años escondiendo sus pecados tras los muros del convento, pero hoy no podían resistirse al ver esa polla gruesa y venosa que les ofrecía el sacerdote en confesión... La hermana María se arrodilló primero, con las rodillas hundidas en el confesionario, y sin perder tiempo le agarró el miembro con ambas manos para empezar a lamer la punta mojada y salada, gimiendo cuando sintió cómo se le endurecía aún más bajo sus dedos temblorosos. La hermana Clara, con los ojos brillantes de lujuria, no pudo aguantar más y se unió a ella, apretando sus pechos contra la espalda de María mientras ambas se turnaban para lamerle el glande hinchado, dejando caer hilos de saliva espesa que le resbalaban por los huevos apretados. Él jadeaba fuerte, con los dedos enredados en los hábitos negros, empujando su cadera hacia adelante para que se la metieran más adentro de la boca, sintiendo cómo le rozaban los dientes con cada embestida suave pero insistente. Las monjas gemían entre sí, sus lenguas chocando en la base del tronco mientras se repartían el placer como si fuera un sacramento prohibido, lamiendo desde la punta hasta los huevos peludos que se le contraían cada vez que una de ellas le chupaba con más fuerza. Él no pudo aguantar más y, con un gruñido gutural, le agarró a María por la nuca y se la empaló hasta la garganta, sintiendo cómo se ahogaba pero sin soltar su polla ni un segundo, mientras Clara le lamía los huevos antes de subir para chuparle el perineo con movimientos circulares de la lengua. El sacerdote, con los muslos temblando, sintió que el orgasmo se le subía por la espalda como un fuego líquido, y con un último empujón se corrió en la boca de María, que tragó con avidez cada gota espesa mientras Clara le masajeaba los huevos para exprimirle hasta el último resto de leche caliente. Las dos monjas, con los hábitos manchados de sudor y semen, se miraron con complicidad mientras se limpiaban los labios con las mangas, sabiendo que acababan de cometer un pecado más grande que todos los que habían confesado juntos en años.

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