Madrastra me pilló masturbándome en el baño
La muy perra entró sin avisar y me vio con la mano en el coño empapado, los dedos metidos hasta el nudillo mientras me corría como una puta desesperada. No tuvo tiempo ni de quitarse el delantal antes de que su mirada se clavara en mis tetas rebotando bajo la blusa de satén, que ya estaban duras como piedras por el calor que me subía desde el bajo vientre. Se acercó con ese aire de zorra dominante que siempre me pone a mil, los labios pintados de rojo oscuro temblando de lujuria mientras me susurraba al oído que por qué no la había invitado a jugar. Le respondí con un gemido ahogado y un tirón de sus bragas de encaje negro, que se rasgaron al instante dejando al descubierto su coño depilado y brillante de miel. Su polla —porque sí, esa bruja lleva una de silicona enorme que siempre lleva en el cajón de la mesilla— ya estaba más dura que el mármol del lavabo, y no tardó ni un segundo en empalmarme contra la pared mientras me agarraba del pelo y me obligaba a arquear la espalda. Sentí cómo el glande me abría el coño de par en par, resbaladiza por mis propios jugos, mientras ella gruñía como una animal en celo y me embestía con tanta fuerza que los azulejos temblaban. Cada embestida me llevaba al borde del abismo, con sus tetas duras rebotando contra mi espalda sudorosa mientras me ordenaba que no me corriera hasta que ella lo decidiera. Pero cuando su dedo se coló entre mis nalgas y me masajeó el culo con saliva, supe que no duraría ni un minuto más: los espasmos me sacudieron de los pies a la cabeza mientras un chorro de leche caliente me brotaba del coño, empapándole los huevos y las piernas hasta dejar el suelo del baño temblando bajo nuestros cuerpos deshechos. Se corrió encima de mí con un gruñido gutural, su leche mezclándose con la mía en un charco baboso que ya no podré limpiar en semanas.