Chica rubia sumisa obedece a su novio en el trabajo
La habitación estaba en penumbra, con el suave brillo de la lamparita de la mesa de noche iluminando solo lo necesario. Ella, con su cuerpecito menudo y esas tetitas pequeñas que temblaron cuando la hice arrodillarse frente a mí, sabía que esta vez no habría escapatoria. Le susurré al oído lo que quería y sus ojos se abrieron de par en par, pero no dijo que no. Yo, con mi polla dura como piedra, le ordené que abriera esa boquita de vez en cuando, que la humedad de su saliva se mezclaba con mi prepucio mientras ella seguía mis instrucciones al pie de la letra. La sentí gemir cuando la obligué a meterla entera, hasta que sus labios rozaron la base, y el sonido ahogado que hizo me volvió loco. Luego la tiré sobre la cama, con el culo en pompa, y le clavé mi verga de una sola estocada, escuchando ese gemido agudo que escapó de su garganta. No me importó si le dolía, yo quería sentir cómo su coñito apretado se estiraba para acomodarme, cómo sus paredes vibraban alrededor de mi polla. La puse de lado, con una pierna en alto, y la embestí así durante más de 15 minutos, sintiendo cómo su cuerpo entero temblaba cada vez que llegaba hasta las pelotas. Cuando me corrí, fue sobre su espalda, viendo cómo mi leche caliente se deslizaba entre sus omóplatos. Ella no se movió, solo se quedó ahí, obediente, con mi semilla marcándola como mía. Al final, solo quedó el olor a sexo y el brillo pegajoso en su piel.