La sirvienta africana folla al hijastro del patrón sin que se dé cuenta
Te voy a contar cómo empezó todo: yo, Jasmine Candy, la muchacha que limpiaba la casa, no debía estar aquí, en la cama de ese joven, con su polla dura como piedra dentro de mí. Sabía que esto estaba mal, que si el patrón o su esposa se enteraban, estaríamos jodidos, pero no podía parar. La primera vez que lo vi, ese hijastro con su cuerpo marcado de deporte, supe que iba a ser mío. Al principio solo eran miradas furtivas, roces ‘accidentales’ mientras yo pasaba el trapo cerca de su entrepierna, pero una tarde, cuando él se quedó solo en casa, no aguanté más. Me acerqué, le desabroché el pantalón y le chupé la verga como si fuera un caramelo prohibido, gimiendo cada vez que me la metía hasta el fondo. Él me agarró del culo, grande y prieto, y me empotró contra la pared mientras yo le arañaba la espalda, sintiendo cómo mi coño se mojaba más con cada embestida. En más de 10 minutos de escena, no paramos: me montó como una perra en celo, me dio nalgadas que resonaban en toda la habitación y hasta me hizo correrme gritando su nombre, con los fluidos chorreándome por los muslos. Lo peor fue cuando oímos unos pasos afuera y nos quedamos helados, pero en vez de detenernos, follamos más fuerte, sabiendo que el riesgo lo hacía mil veces mejor. Al final, cuando él se corrió sobre mis tetas, escuchamos la puerta cerrarse de golpe: alguien nos había descubierto. Su cara de horror al ver a su padre en la entrada no tenía precio. Se quedó mirando, pálido, mientras yo me limpiaba el semen de la piel, sabiendo que esto no se quedaría así.