Cherry tailandesa me chupa la polla en mi cuarto
Desde que entró a mi casa con esa falda corta que apenas le cubría el culo se me puso la polla dura como un palo. La muy puta ni siquiera me dejó cerrar la puerta antes de arrodillarse en el suelo de madera, me bajó el pantalón de un tirón y se metió mi tronco entre esos labios carnosos de cereza. La cabeza de su coño rosado me rozaba la base cada vez que me la tragaba entera, con esos ojos negros llenos de lujuria mirándome fijamente mientras gemía como una perra en celo. Le agarré la coleta bien prieta y le empotré la polla hasta la garganta, sintiendo cómo sus tetas pequeñas pero duras se aplastaban contra mis muslos mientras me chupaba con desesperación. El sonido de mis pelotas golpeando su barbilla cada vez que se la metía hasta el fondo me volvía loco, y sus jugos le resbalaban por los muslos sin parar, dejando marcas húmedas en la alfombra. Cuando ya no pudo más, se quitó la blusa y me mostró esas tetas pequeñas pero duras, con los pezones duros como piedras, mientras se masturbaba con una mano y con la otra me acariciaba los huevos hasta dejarlos bien apretaditos. La levanté como si no pesara nada y la tiré sobre la cama, donde se quedó con las piernas abiertas, mostrando ese coño depilado y brillante que ya goteaba como un grifo roto. Me lancé encima de ella sin pensarlo dos veces, le metí dos dedos en la raja y los saqué bien mojados antes de empujar mi verga hasta el fondo de un solo envite. La tailandesa gritó como una loca, clavándome las uñas en la espalda mientras le penetraba el culo con los dedos para que no se le escapara ni un gemido. Cada embestida le sacudía todo el cuerpo, haciendo que sus tetas saltaran como gelatina, y el olor a sexo crudo se mezclaba con el sudor de su piel aceitosa mientras la follaba sin piedad. Cuando por fin le solté una corrida bien cargada, la polla se le hinchó dentro hasta que no pudo aguantar más y se corrió como una loca, empapándome el vientre de leche espesa mientras seguía moviendo las caderas como si no quisiera que parara. El cuarto quedó hecho un desastre, con los muebles tirados y el espejo empañado de tanto resollar fuerte, pero lo único que importaba era que esa chiquilla me había dejado más tieso que una tabla y con ganas de repetirlo al día siguiente.