Afeitando su coño peludo hasta dejarlo bien lampiño
La muy zorra llegó con las piernas abiertas sobre el lavabo, los muslos temblando de ansiedad mientras sostenía la cuchilla entre sus dedos temblorosos. El espejo empañado reflejaba el vello oscuro que le cubría el coño como una gruesa alfombra, pero ella no podía esperar más: quería sentir cómo el aire le rozaba la carne recién afeitada. Con un gemido bajo y necesitado, pasó la hoja enjabonada con movimientos lentos pero firmes, arrancando mechones gruesos que cayeron al agua sucia del lavabo. Cada vez que la cuchilla rozaba su clítoris hinchado, un escalofrío le recorría la espalda y un gemido ahogado se le escapaba entre los labios pintados de rojo. La espuma resbalaba entre sus pliegues, mezclándose con los jugos que ya le empapaban la entrepierna, y cuando por fin dejó al descubierto su coño rosado y mojado, respiró hondo como si acabara de nacer. No pudo resistirse: hundió los dedos entre sus labios hinchados, buscando el clítoris que ya le palpitaba con desesperación. Los primeros roces la hicieron arquear la espalda y soltar un suspiro entrecortado, pero cuando se dio cuenta de que estaba empapada, no pudo evitar frotarse con más fuerza, imaginando que era su polla la que la penetraba. Los gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, mientras el espejo se llenaba de vapor y el agua tibia le resbalaba por las piernas. Cuando por fin se corrió, el coño le latía con violencia, los muslos le temblaban y un chorro de sus jugos resbaló por el lavabo, dejando un rastro brillante y caliente que le recordó lo mojada que estaba. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y sonrió satisfecha, sabiendo que esa noche no habría quien la detuviera de pedirle a alguien que le metiera hasta el fondo ese coño recién afeitado.