Yi-Ling irrumpe con su vestido ajustado y sudado
El sudor le corría por el escote mientras Yi-Ling se colaba en el cuarto con ese vestido que parecía pegado a sus curvas de escándalo, el escote profundo dejando ver unos pechos que rebotaban al caminar y que el muy cabrón ya se moría por apretar con las manos. Se quitó los zapatos de una patada y se lanzó sobre él con las piernas abiertas, mostrando el coño empapado que ya chorreaba por la excitación que llevaba horas acumulando solo de imaginárselo. Le arrancó la camisa de un tirón para dejar al descubierto ese torso fibroso que tanto le gustaba morder, y sin perder tiempo se lo llevó a la boca para lamerle los pezones mientras le agarraba la polla dura como una roca que ya le hacía agua la boca. Él no podía creer que esa diosa de ojos rasgados lo estuviera montando como una posesa, gimiendo su nombre entre susurros mientras sus caderas chocaban contra las suyas con cada embestida brutal que le dejaba el coño bien abierto. Ella se quitó el vestido de un golpe dejándolo caer al piso, mostrando esos muslos gruesos que se abrían como tijeras para abrazarlo con fuerza mientras él la empotraba contra la pared, sintiendo cómo sus tetas botaban con cada embestida salvaje que le arrancaba gemidos guturales. Yi-Ling le clavó las uñas en la espalda mientras le susurraba al oído lo que quería que le hiciera, que la llenara hasta que no pudiera más, que le metiera esa verga hasta el fondo y la dejara bien abierta. Él no tardó en obedecer, agarrándola del culo para levantarla y sentarla en el borde de la mesa, donde sus piernas rodearon su cintura y su coño empapado se frotó contra su polla hasta que no pudo aguantar más, corriéndose dentro de ella con un gruñido animal mientras Yi-Ling se dejaba caer hacia atrás, temblando de placer con las piernas temblorosas y el coño todavía palpitando por la corrida intensa que acababan de compartir. Antes de que pudiera recuperarse, ella se abalanzó sobre él otra vez, esta vez con la boca bien abierta para chuparle la polla aún dura, limpiando hasta la última gota de leche que le quedaba mientras sus gemidos se mezclaban con los sonidos húmedos de su mamada sin parar.