Tigresa salvaje se empotra con furia brutal
Desde el primer segundo que la vio agacharse para recoger la pelota del parque, el muy cabrón supo que esa tigresa no iba a dejarlo tranquilo ni un puto segundo. Con ese culo redondo que se le marcaba bajo el short ajustado, cada paso que daba era una provocación más, un recordatorio de que en cualquier momento podría soltar ese animal que llevaba dentro. Él, que ya tenía la polla dura como una piedra al verla lamerse los labios mientras se mordía el inferior, no pudo resistirse ni un segundo más. La agarró por la cintura con fuerza, sus uñas clavándose en la piel suave de su vientre mientras la pegaba contra la pared del callejón, donde nadie los podía ver. Ella soltó un gemido gutural al sentir su erección gruesa presionando contra su coño chorreante, que ya estaba empapando la tanga fina sin remedio. "No aguanto más, cabrón", jadeó ella mientras se frotaba contra él como una perra en celo, con los pezones duros asomando bajo la camiseta ajustada. Él no necesitó más invitación: le arrancó la ropa como si fuera papel, dejando al descubierto esos senos firmes que rebotaban con cada movimiento, y se la clavó de una sola estocada, haciendo que ambos gritaran de placer al unísono. Las embestidas eran salvajes, brutales, cada una más profunda que la anterior, mientras sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo que resonaba en el callejón. Ella arañaba las paredes con las uñas, dejando marcas en la pintura mientras su coño se contraía alrededor de su polla, succionándola con cada gemido que escapaba de su garganta entrecortada. Él le agarraba el culo con ambas manos, levantándola del suelo para empotrarla con más fuerza si cabe, sintiendo cómo su carne temblaba bajo sus dedos al borde del orgasmo. El sudor les recorría las espaldas, mezclándose con el aroma a sexo y a piel caliente, mientras los sonidos de sus cuerpos chocando llenaban el aire. Cuando por fin la tigresa se corrió, fue con un grito ronco que resonó como un rugido, sus jugos resbalando por las piernas mientras su coño seguía ordeñando la polla hasta dejarlo seco. Él no tardó en seguirla, descargando toda su leche caliente dentro de ella con un gruñido animal, sintiendo cómo su vientre se hinchaba bajo el impacto de cada chorro espeso. Se quedaron así, jadeantes, pegados el uno al otro, con las respiraciones entrecortadas y los cuerpos temblorosos, sabiendo que eso solo había sido el principio.