Mi marido le empotró a mi amiga trans y me encantó
Desde que llegó a vivir al lado, no podía quitarle los ojos de encima a esa morena de culo respingón y tetas que rebotaban cada vez que se agachaba a regar las plantas. Él siempre me decía que no era su tipo, pero una noche de borrachera sin filtros se le escapó un ‘me la follaría sin pensarlo’ mientras la veía lamerse los labios después de un trago. Yo, medio cachonda al ver cómo se le escurría el licor por la barbilla, le susurré al oído que si quería probarla no me molestaba, siempre y cuando no me excluyera del espectáculo. No tuve que repetirlo dos veces: al día siguiente la invité a casa con la excusa de un café, pero en cuanto cerró la puerta tras de sí, le agarré el culo apretado como si fuera mío y le metí la lengua hasta la garganta mientras mi marido se masturbaba viéndonos. Ella, sin perder tiempo, se arrodilló frente a su verga gruesa y se la tragó entera hasta que el glande le rozó la campanilla, haciendo que él gruñera como un animal y le agarrara la cabeza para empotrarle la polla hasta el fondo de la garganta. Yo, con el coño más mojado que nunca, me puse detrás de ella y le metí dos dedos en el culo sin piedad mientras le chupaba los pezones duros como piedras, haciendo que gimiera con la boca llena de carne masculina. Cuando mi marido no pudo aguantar más, la levantó como si no pesara nada y la tiró sobre la cama boca abajo, clavándosela por el rabo de tal forma que la cama crujía con cada embestida brutal. Yo, loca de lujuria, me masturbé mientras veía cómo su verga desaparecía una y otra vez en el culo prieto de la morena, que no paraba de gritar que la empotrara más fuerte, que le llenara el culito de leche caliente. Cuando él se corrió dentro de ella con un rugido animal, sentí mi propio orgasmo sacudirme por dentro mientras la veía tragarse hasta la última gota de semen que le escurría por las nalgas, relamiéndose los labios como si fuera un manjar. Después, cuando todo terminó, los tres quedamos jadeando en la cama, con ella aún temblando de placer y yo preguntándome si ahora sería yo la que se pondría celosa cada vez que mi marido mirara a otra con deseo.