Mi hermanastra negra me chupa la polla en el baño
Llevaba meses espiándola por el hueco de la puerta, imaginando cómo sería sentir sus labios carnosos envolviendo mi verga mientras se agachaba frente al espejo del baño. El primer contacto fue eléctrico: sus dedos temblorosos acariciaron mi carne palpitante antes de que su boca caliente y húmeda se cerrara alrededor, succionando con una avidez que me dejó sin aliento. Sentí cómo su lengua jugaba con el glande, lamiendo cada vena mientras gemía entrecortadamente, como si el sabor de mi polla la estuviera volviendo loca. Me empujó contra la pared con un empujón de sus caderas y me ordenó que no me moviera, mientras sus labios se deslizaban arriba y abajo con movimientos lentos y profundos que me hacían temblar. Su coño empapado se frotaba contra mi muslo cada vez que se agachaba, dejando marcas de sus jugos en mi piel, y juro que podía oler su excitación mezclada con el vapor del agua caliente que aún caía de la ducha. Cuando por fin me la comí viva, la levanté del suelo con un brazo y la empalé contra el lavabo, sintiendo cómo su culo prieto se abría para recibirme mientras sus tetas rebotaban con cada embestida brutal. Sus gritos resonaban en el baño, mezclados con el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando y el chapoteo de sus fluidos derramándose por el mármol. No duró mucho: en menos de cinco minutos ya estaba sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi verga, anunciando su orgasmo mientras se corría gritando mi nombre con voz ronca, empapándome las pelotas con su leche caliente. Yo no pude aguantar más y la llené hasta el fondo, sintiendo cómo mi corrida se mezclaba con la suya mientras su cuerpo se sacudía contra el mío, exhausta y completamente satisfecha.