Mesera cachonda se desnudó y se comió la comida
Llevaba días fingiendo que no me miraba mientras yo servía las mesas con el delantal ajustado que apenas le cubría el culo prieto. Hoy, sin embargo, la puta no pudo resistirse: se quitó el vestido de una sola tirada dejando al descubierto sus tetas pequeñas y duras, el coño depilado brillando bajo las luces del restaurante y sus piececitos perfectos calzados en unos tacones que hacían temblar el suelo. Mientras yo fingía limpiar la barra, ella se sentó en la mesa con las piernas abiertas, restregando su coño mojado contra el mantel sucio, gimiendo como una perra en celo mientras se metía los dedos hasta el fondo. La muy zorra no contenta con eso, tomó un trozo de pan y empezó a frotarlo contra su clítoris hinchado antes de metérselo entero en la boca, chupándolo con gemidos obscenos mientras sus jugos resbalaban por el muslo. Cuando por fin se levantó, su coño chorreante dejó un rastro húmedo en la silla y sus tetas pequeñas saltaban al ritmo de sus pasos cortos hacia mí, con los pezones duros como piedras y sus ojos negros llenos de lujuria descontrolada. La agarré del pelo y la empujé contra la pared de la cocina, arrancándole el tanga de un tirón mientras ella se retorcía de placer, su aliento caliente mezclándose con el mío mientras le susurraba al oído lo puta que era. Empotré mi polla dura como una roca hasta el fondo de su coño estrecho, sintiendo cómo sus paredes me apretaban con cada embestida mientras sus gemidos llenaban el local vacío, su cuerpo flaquito temblando de éxtasis cuando por fin me corrí dentro de ella, dejando su conejito blanco completamente empapado de mi leche espesa. La muy golfa ni siquiera se limpió, sino que se quedó ahí, con las piernas temblorosas y la boca roja de tanto morderse los labios, mientras yo me guardaba la verga aún temblorosa y le decía que mañana a la misma hora quería que repitiera el show.