Mecánicas calientes se corren con strap-on en taller
Las dueñas del taller se habían estado comiendo con los ojos toda la mañana, rozándose entre herramientas y trapos aceitosos hasta que ya no pudieron resistirse. La morena de tetas gordas se agachó sobre el capó de la camioneta, levantándose la falda hasta dejar el coño al aire, empapado y brillando bajo el sol de la tarde. La pelirroja no perdió tiempo: se quitó el delantal, sacó el strap-on de su mochila y se lo ajustó con un gemido de anticipación mientras le lamía los pezones a su compañera, duros como piedras. La morena jadeaba, mordiéndose los labios, sintiendo cómo los dedos de la otra se hundían en su raja antes de que el plástico duro y vehemente se clavara hasta el fondo. El taller olía a goma quemada y a sexo desesperado, con los golpes de cadera resonando contra el metal mientras la pelirroja empotraba a su amiga contra el coche, haciéndola gritar cada vez que la punta del arnés le rozaba el clítoris hinchado. La morena se agarraba al volante, dejando marcas de uñas en el cuero mientras su coño chorreaba jugos por los muslos, gimiendo que no podía más, que se iba a correr en cualquier momento. La pelirroja aceleró el ritmo, metiendo los dedos en la boca de su amante para que chupara su propio sabor mientras le clavaba el strap-on una y otra vez, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por la espalda y el cuerpo le temblaba de placer. Cuando la morena por fin se corrió, su corrida fue tan intensa que hasta el suelo quedó manchado, con ella temblando y balbuceando obscenidades entre jadeos. La pelirroja no se detuvo ahí: la empujó contra la pared, le arrancó la blusa y le comió los pechos como una salvaje mientras le metía los dedos hasta que la morena volvió a correrse, esta vez gritando de dolor y placer mezclados. El taller quedó en silencio después, solo roto por los resoplidos de ambas, con las piernas temblorosas y los cuerpos pegajosos de sudor y sexo. La pelirroja se quitó el strap-on, lo limpió con un trapo y le sonrió a su amiga mientras esta se limpiaba el coño con los dedos, llevándoselos a la boca para saborear lo que habían hecho. No necesitaban palabras: el taller, el olor a aceite y el strap-on ya habían dicho todo.