Madrastra y ex novia se empotran sin parar
La madrastra llevaba meses coqueteando con el culo prieto de la ex de su hijo, una morena de tetas grandes que no paraba de mirarla con esos ojos verdes llenos de lujuria. Una tarde en que el marido se fue al trabajo, la perra de la morena apareció en la casa con un vestido tan corto que parecía una invitación abierta, sin bragas y con el coño ya goteando por la anticipación. La madrastra, con su cuerpo de milf bien curtido, no pudo resistirse y la empujó contra la pared del salón, arrancándole el vestido de un tirón mientras sus tetonas rebotaban libres. La morena gimió fuerte cuando le metió los dedos entre las piernas, sintiendo lo empapada que estaba, y sin perder tiempo le clavó la lengua en el clítoris hasta hacerla gritar. Entre lametones y mordiscos en el cuello, la morena la tumbó en el sofá y le arrancó la blusa, dejando al descubierto unos pezones duros como piedras que chupó sin piedad mientras le metía dos dedos en el coño empapado. El sonido de los jadeos llenaba la sala mientras la madrastra le susurraba al oído lo puta que era, cómo le encantaba que le metieran los dedos así, sin piedad, mientras la morena le follaba el coño con los dedos como si no hubiera mañana. Pero no se quedaron ahí, porque la morena sacó su verga de juguete, gruesa y veineda, y se la clavó hasta el fondo en el coño sin protección, empotrándola contra el respaldo del sofá mientras le gritaba que se corriera ya. Los gemidos se volvieron incontrolables cuando la madrastra sintió el primer tirón del orgasmo, sus paredes vaginales apretando el juguete como una loca, y antes de que pudiera recuperarse, la morena la volteó boca abajo y le levantó el culo en el aire, metiéndole la verga hasta las pelotas mientras le azotaba el culo con la mano libre. El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en toda la casa mientras la madrastra se corría una y otra vez, su coño chorreando jugos por todas partes, hasta que la morena no pudo aguantar más y le dio una última embestida profunda que la hizo gritar como una loca mientras ambas se corrían juntas, temblorosas y sudorosas sobre el sofá destrozado.