Madrastra rubia se la chupa a su hijastra en la cama
Desde que llegó a vivir con ellos, la mamá de su novio no dejaba de mirarla con esos ojos verdes llenos de lujuria cada vez que se cambiaba en el cuarto. La primera vez que la vio masturbándose en la ducha, con los dedos resbaladizos entre sus labios rosados y su clítoris ya duro como un botón, supo que tarde o temprano terminaría metiéndose entre sus piernas. Aquella tarde, mientras el novio salía a comprar cerveza, la rubia se acercó sigilosamente a la habitación con solo un albornoz transparente que dejaba ver sus tetas enormes y duras como melones, los pezones rosados y duros que se marcaban bajo la tela mojada por el sudor. La hijastra, una morena menuda de culo prieto y coño recién afeitado, no pudo evitar soltar un gemido cuando sintió el aliento caliente de la madastra sobre su oreja, susurrándole obscenidades mientras le deslizaba una mano entre las piernas para comprobar lo empapada que estaba. La rubia se arrodilló frente a ella, le abrió las piernas con rudeza y se lanzó a lamerle el coño chorreante con movimientos lentos y profundos, haciendo que la chica arqueara la espalda y gritara como una loca mientras sus uñas se clavaban en las sábanas. La madastra no se conformó con chupar, sino que se subió encima de ella, frotando su coño depilado contra el rostro de la morenita mientras le exigía que le metiera los dedos con fuerza, sintiendo cómo su clítoris se hinchaba hasta casi reventar. Cuando la hijastra le agarró las tetas con desesperación y se las apretó hasta hacerla gemir, la rubia no aguantó más: se dio la vuelta boca arriba, abrió las piernas bien abiertas y le ordenó que se montara sobre ella para cabalgar su coño hasta correrse. La morena, con las tetas rebotando al ritmo de sus embestidas, no tardó en sentir cómo su orgasmo la recorría de pies a cabeza, dejando su coño temblando y su clítoris palpitando bajo la lengua experta de la madastra, que no paró de lamerla hasta que la última gota de leche brotó de su coño empapado. La rubia se corrió sobre su cara con un gruñido ronco, empapándole la barbilla y los labios de su propio jugo mientras le agarraba la cabeza para que no se moviera ni un milímetro.