Hermosa hermanastra menuda gime cuando la empotro tras pillarla desnuda
“¿Te gusta lo que ves, Tony?”, me dijo con esa voz de puta traviesa mientras se mordía el labio en la ducha. Llevaba días espiando cómo el agua resbalaba por sus pechos pequeños y ese culito apretado, imaginando cómo se sentiría mi polla abriéndola de par en par. No aguanté más: entré sin avisar, la acorralé contra los azulejos y le arañé los muslos con los dedos. “Quiero que me des todo, Alice”, le susurré al oído antes de arrodillarme. Su coñito ya estaba mojado, palpitando cuando le pasé la lengua desde el culo hasta el clítoris. La levanté como si fuera una pluma y la senté sobre mi verga, hundiéndola hasta que gritó. Sus tetitas rebotaban con cada embestida, y yo la sostenía del cuello para que no escapara. “Dame más duro, cabrón”, gimió, y eso hice: la empujé contra la pared, haciendo que mi polla le golpeara las entrañas. Cuando se corrió, su jugo me cubrió los huevos, y yo le llené el coño con un chorro tras otro. “Ahora entiendes por qué te miraba, ¿verdad?”, le solté mientras su cuerpo aún temblaba.