Erica se calienta con su tía trans después de cenar
Erica llegó a casa con las bragas ya empapadas después de ver cómo su tía Korra se movía con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva de su culito prieto y ese prominente bulto que le crecía bajo el tejido. La cena había sido un suplicio de miraditas robadas, cuando Korra se inclinaba para servir el vino y Erica podía oler su perfume mezclado con el aroma a coño recién depilado. No aguantó más: en cuanto la puerta se cerró, la agarró de la cintura y le metió la lengua hasta la garganta, sintiendo cómo esa polla dura le rozaba el muslo mientras sus gemidos ahogados se mezclaban con el sonido de los botones de su blusa saltando al ser arrancada. Korra, que llevaba meses esperando este momento, le arrancó el vestido de un tirón y la tumbó sobre la mesa del comedor, donde su culo redondo y jugoso quedó expuesto bajo la luz tenue. Con un gruñido bestial, se le clavó sin piedad, empalándola con esa verga gruesa que le estiraba el coño hasta el límite, haciendo que sus piernas temblaran mientras los jugos resbalaban por sus muslos. Erica, con los pezones duros como piedras y la boca llena de babas, no podía articular más que gemidos agudos cada vez que Korra le clavaba el culo contra el borde de la mesa, sus pelotas golpeándole el clítoris con cada embestida profunda. Korra le agarró la melena y le tiró la cabeza hacia atrás, mordiéndole el cuello mientras le susurraba al oído lo putita que estaba, lo mucho que había soñado con follarle ese coño estrecho que ahora le chupaba los huevos sin pudor. Erica, al borde del éxtasis, le suplicó que no se detuviera, que la llenara hasta reventarla, y fue entonces cuando Korra aceleró el ritmo, haciendo que su verga desapareciera por completo dentro de ese agujero que ya no podía contenerla, hasta que con un último empujón brutal, ambos explotaron en un orgasmo simultáneo que los dejó sudorosos, temblorosos y con la mesa llena de manchas de semen y fluidos resbalando por las piernas de Erica. Korra se desplomó sobre ella, jadeando, mientras le lamía los pechos con lengua lenta, saboreando el sudor salado mezclado con el olor a sexo recién hecho. No necesitaron palabras para saber que esto solo había sido el principio de noches interminables de folladas salvajes y cuerpos entrelazados sin piedad.