Vecinita trans chupa uniforme en la escuela
La morrita llegó con su uniforme ajustado y esa falda que apenas le tapa el culito prieto, mirándome con esos ojazos bien picaronazos mientras se mordía el labio inferior. Yo ni me lo pensé, la agarré del brazo y la llevé directo al salón vacío donde los libros olían a polvo y a excitación prohibida. Se arrodilló sin decir ni pío, con las tetas bien prietas apretadas contra el escritorio de madera, y se le saltó un botón de la blusa ajustada cuando se inclinó hacia mí. La polla se me puso dura al instante, palpitando como loco bajo los pantalones de vestir mientras ella me desabrochaba el cinturón con dedos temblorosos pero ágiles. Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía la cabeza metida en mi regazo, chupándome la verga como si fuera el último dulce del mundo, con esos labios carnosos envolviendo cada centímetro mientras gemía bajito por la nariz. La falda se le subió hasta la cintura, dejando al descubierto unas piernas bien delgadas pero con curvas que hacían agua la boca, y ese culo prieto embutido en una tanga de encaje que se le clavaba cada vez que se movía. Le agarré el pelo con fuerza y le empotré la polla hasta la garganta, sintiendo cómo se ahogaba en silencio mientras los jugos le resbalaban por la barbilla. Ella no paró de mamármela ni un segundo, con la lengua haciendo espirales alrededor del glande mientras sus gemidos se le escapaban entrecortados entre una y otra pasada. Le levanté la falda de un tirón y le bajé la tanga hasta los tobillos, dejando su coño depilado al aire, chorreando y brillando bajo la luz tenue del salón. Antes de que pudiera protestar, ya le estaba metiendo dos dedos bien adentro, sintiendo cómo se contraía alrededor de ellos mientras se corría sin pudor, con las rodillas temblorosas y los jadeos convertidos en gritos ahogados. Le saqué la verga de la boca, bien babosa y roja, y se la restregué contra las tetas mientras le ordenaba con voz ronca que se sentara en el borde del escritorio. Se subió la falda hasta la cintura, se abrió de piernas y me recibió con un chasquido húmedo cuando le clavé la polla hasta las pelotas, sintiendo cómo ese culito prieto se estremecía con cada embestida. Los libros cayeron al suelo de un golpe, las paredes temblaban con los golpes de cadera, y ella no paró de gritar mi nombre entre gemidos mientras la empotraba como si no hubiera mañana. Cuando por fin me vine, le llené el coño de leche bien espesa hasta que se le derramó por los muslos, dejando un charco blanco que se mezclaba con sus jugos mientras se dejaba caer contra el escritorio, exhausta pero con una sonrisa de oreja a oreja. La morrita se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con esos ojos brillantes, pero antes de que pudiera decir nada, ya le estaba metiendo los dedos otra vez para que terminara de correrse mientras le susurraba al oído lo puta que se había puesto desde que entró por la puerta con ese uniforme tan ajustado.