Coño depilado no aguanta más polla gruesa
La morra llegó con la concha chorreando y los pezones duros como piedras, suplicando que no le metiera ni gota dentro. Él, con esa verga monstruosa que le colgaba entre las piernas, le pasó la cabeza por el clítoris inflamado y le soltó un gemido ronco: '¿Segura, zorra?'. Ella, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, solo atinó a agarrarle el rabo grueso y empujarlo contra su entrada resbaladiza. La primera embestida le abrió el coño como si fuera mantequilla derretida, haciendo que un chorro de sus jugos le resbalara por los muslos mientras él le clavaba los dedos en las nalgas para hundirse hasta las pelotas. Cada sacudida le arrancaba un quejido agudo, su coño bien prieto tragándose la polla palpitante mientras los pelitos rubios de su monte le hacían cosquillas en los huevos. '¡No aguanto más, cabrón!' gritó ella, retorciéndose bajo su cuerpo sudoroso, pero él solo le respondió enterrándosela hasta el fondo con un golpe seco que le hizo arquear la espalda y dejar escapar un hilito de baba por la comisura de los labios. El clítoris le ardía como una brasa mientras él le restregaba la verga contra él, sin piedad, hasta que los muslos le empezaron a temblar como gelatina. '¡Correte, maldita, que te voy a reventar!' le escupió al oído mientras le agarraba el pelo y le echaba la cabeza hacia atrás para verle la cara de placer distorsionada. Ella no pudo aguantar ni un segundo más: un espasmo brutal le recorrió el cuerpo entero, su coño se aferró a la polla como un torno y un chorro de leche espesa le brotó del agujero, empapándole los huevos mientras él, con los ojos inyectados en sangre, le soltaba la corrida justa en el centro del coño, dejándole la entrada bien marcada con su leche caliente. La morra quedó temblando, con las piernas como gelatina y el aliento entrecortado, mientras él le lamía los labios hinchados y le susurraba al oído: 'La próxima vez no te quedas con nada, puta'.