Chica trans tailandesa recibe carga en su culito ajustado
La tailandesa de curvas suaves y piel dorada no pudo resistirse cuando él le pasó los dedos por su culo prieto y tierno, y menos cuando le susurró al oído que se lo iba a clavar hasta dejarla sin aire. Con sus tetas pequeñas pero bien paradas y un culo que pedía a gritos ser empalado, se dejó caer de rodillas sobre la cama y se abrió de piernas mostrando su coño depilado y reluciente, mojado solo de pensar en lo que venía. Él no perdió tiempo: se sacó la polla gruesa y venosa de los pantalones, la untó con saliva para que resbalara mejor y se la enterró sin piedad en el agujero más estrecho que había probado en su vida, sintiendo cómo sus músculos internos lo apretaban como un guante mojado. Ella soltó un gemido agudo que le recorrió la espalda, arqueó la espalda al sentir cada embestida profunda y le pidió más con voz ronca mientras se agarraba a las sábanas con fuerza. Las embestidas eran brutales, el sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación junto a los gritos de ella, que no paraba de repetir que se corriera dentro de ella sin condón, que quería sentir su leche caliente llenándole las entrañas. Él le agarró las caderas con fuerza, la empujó contra el colchón y le dio una paliza de polla que la dejó sin aliento, sintiendo cómo su clítoris se frotaba contra el borde de la cama con cada embestida. Cuando notó que los testículos se le tensaban y el semen le subía por la verga, aceleró el ritmo hasta volverse loco, y con un último empujón profundo se corrió dentro de ella, llenándole el culo de leche espesa mientras ella se estremecía de placer y se mordía el labio para no gritar como una puta en celo. El líquido blanco le resbalaba entre las nalgas, manchando las sábanas, y ella no hizo más que suspirar satisfecha mientras se tocaba el coño, aún palpitante, preguntándose cuándo podría repetir la follada sin piedad.