Samara se empotra con su pollón hasta chorrear
Samara llevaba meses coqueteando con él cada vez que se cruzaban en el edificio, miradas largas mientras se mordía el labio inferior y se ajustaba el vestido ceñido que le marcaba el culo redondo y las tetas naturales que tanto le gustaban. Hoy por fin cedió, lo invitó a su departamento con la excusa de mostrarle unas fotos y, en cuanto cerró la puerta, se le tiró encima como una perra en celo, le arrancó la camisa y empezó a lamerle el cuello mientras le susurraba al oído lo mucho que le excitaba verlo con esa verga gruesa y palpitante que le había robado el sueño. Él no necesitó más invitación: la agarró de las caderas, la volteó contra la pared y le bajó el pantalón de yoga hasta los tobillos para dejarle el coño bien expuesto, empapado y listo para ser empalado. Samara gimió fuerte cuando sintió la cabeza de su pollón rozándole el clítoris, suplicando que no la hiciera esperar más, y él, con una risa ronca, le clavó la verga de una sola estocada hasta el fondo, haciendo que sus nalgas temblaran con cada empujón brutal. Ella gritó de placer, arañando la pared mientras el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el cuarto, sus tetas naturales botando al ritmo de las embestidas que le sacudían el cuerpo entero. Samara se retorcía, le suplicaba que no se detuviera, que la reventara viva, mientras él le agarraba el culo prieto con ambas manos, apretando las nalgas para hundirse aún más adentro y sentir cómo su coño chorreante abrazaba cada centímetro de su verga. El sudor les corría por la espalda, sus gemidos se mezclaban con el sonido húmedo de sus pieles chocando, y cuando él sintió que ella se tensaba como una cuerda a punto de reventar, aceleró los movimientos hasta que Samara se corrió con un alarido, empapándole la polla de jugos mientras su cuerpo temblaba de placer. Pero él no había terminado: la sacó de golpe, la volteó boca arriba en el sofá y se la clavó otra vez, esta vez desde abajo, levantándole las piernas para que él pudiera ver cómo su verga se hundía en su coño bien mojado mientras ella se mordía los labios para no gritar demasiado fuerte. Los últimos empujones fueron lentos pero profundos, como si quisiera grabarse en su memoria cada centímetro de esa mujer que lo volvía loco, hasta que finalmente eyaculó dentro de ella con un gruñido animal, llenándole el vientre de leche caliente mientras Samara se retorcía bajo su peso, exhausta pero satisfecha, con las piernas temblorosas y el coño todavía goteando de tanto placer.