Rebecca1 y su mecánico: días de tensión que terminaron en follada salvaje
El taller olía a aceite y sudor, un calor pegajoso que se mezclaba con el ruido de herramientas y motores. Llevaba semanas mirándolo de reojo, sus manos gruesas manchadas de grasa, la forma en que se mordía el labio cuando se concentraba. Cada vez que me acercaba, el aire se espesaba, y yo sentía cómo mi coño se humedecía sin remedio. Un día, ya no pude aguantar más: me acerqué a él, le susurré al oído que necesitaba ayuda con algo personal, y su mirada se oscureció de deseo. Me empujó contra la pared, sus manos ásperas subiendo por mis muslos hasta encontrar mi tanga empapado. Lo apartó de un tirón, y su polla ya estaba dura, palpitando contra mi vientre. Me levantó como si no pesara nada, mis piernas alrededor de su cintura, y me empotró contra la pared con una fuerza que me hizo gemir. Sentía cada centímetro de su verga entrando en mí, llenándome hasta que las caderas chocaron, y entonces empezó a moverse, duro, rápido, sin piedad. Mis uñas se clavaban en su espalda, mis gemidos ahogados en su boca mientras me penetraba una y otra vez. Cuando ya no pude más, me corrió dentro, caliente y espeso, y yo me vine con un grito ahogado, el cuerpo temblando entre sus brazos. Ahora, horas después, aún siento el escozor entre mis piernas, y su camisa manchada de mi maquillaje tirada en el suelo.