Madrastra chupa pollas gruesas de sus hijastros
La madastra llevaba meses coqueteando con los dos chicos del barrio, pero siempre con sutileza, como cuando le servía el café a su marido mientras dejaba caer el escote para que le vieran las tetas apretadas bajo la blusa. Esa tarde no pudo resistirse más: los llamó a su habitación fingiendo que necesitaba ayuda con un mueble roto, pero en realidad lo único que se le había roto era su autocontrol. El mayor, con esa polla gruesa que le colgaba hasta las rodillas, se acercó sin camisa y ella no pudo evitar mordisquearle el glande antes de que terminara de quitarse los pantalones. El pequeño, más tímido pero con un rabo igualmente imponente, se quedó paralizado al ver cómo la madastra se arrodillaba en la alfombra y le agarraba la verga con ambas manos para empezar a chupársela como una puta hambrienta. Los gemidos que escapaban de su garganta eran tan obscenos que los dos hermanos aceleraron el ritmo, empujando sus caderas contra su boca mientras ella se ahogaba con la leche espesa que le escupía en la lengua. La madastra, con las tetas rebotando al ritmo de los embistes, se quitó el vestido de un tirón y se quedó en bragas, mostrando un coño ya empapado que olía a sexo y a sudor. El mayor la agarró del pelo y le empotró la polla hasta la garganta, obligándola a tragar cada gota mientras el pequeño se agachaba para lamerle el culo antes de clavársela por detrás. Los tres acabaron sobre la cama, sudorosos y jadeantes, con los cuerpos pegajosos y las sábanas llenas de manchas de corridas que se secaban lentamente mientras la madastra se corría una y otra vez gritando obscenidades que ni siquiera ella reconocía como suyas.