La hijastra se lanza a empotrar a su padrastro
La morena de pelo castaño claro no podía sacarse de la cabeza las largas miradas que su padrastro le lanzaba cada vez que se cambiaba de ropa en el baño. Esa tarde, mientras la casa estaba vacía, decidió que ya no aguantaba más y se coló en su habitación con solo un fino camisón transparente que dejaba poco a la imaginación. Él, que había terminado de trabajar y estaba recostado en la cama con la camisa medio desabrochada, no pudo evitar soltar un silbido al verla entrar con esa sonrisa pícara y los pezones duros asomando bajo la tela. Sin decir ni pío, ella se subió encima de él a horcajadas, frotando su coño empapado contra el bulto que ya se marcaba en el pantalón, mientras gemía bajito y le mordisqueaba el cuello con dientes traviesos. Él, que no era ningún santo, le agarró las nalgas con fuerza y la levantó como si no pesara nada para lanzarla contra el colchón, arrancándole el camisón de un tirón y dejando sus tetas pequeñas y firmes al aire. Ella se rio con picardía y le suplicó que le diera duro, que necesitaba sentir su polla gruesa clavándosele hasta el fondo del coño, que estaba tan mojada que hasta el culo le goteaba. Él no necesitó más invitación: se quitó el cinturón y los pantalones en un santiamén, dejando su verga enorme y palpitante al descubierto, lista para destrozar ese coño estrecho que tanto lo volvía loco. Sin preliminares, la empujó contra la pared y la penetró de un empellón brutal, haciéndola gritar de placer mientras sus tetas rebotaban con cada embestida profunda. Ella le arañaba la espalda y le suplicaba que no parara, que le llenara el coño de leche caliente, que quería correrse sintiendo cómo su polla la abría por dentro. Él, con los huevos bien cargados, la dio vuelta y la puso a cuatro patas en la cama, agarrándola del pelo para empalarla aún más fuerte, sintiendo cómo su coño chorreante se ajustaba como un guante a su verga. Los gemidos de ella eran música para sus oídos, mezclados con los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando sin piedad, hasta que ambos estallaron en un orgasmo simultáneo: ella con las piernas temblorosas y él enterrando su leche bien hondo, dejándola con el coño lleno y el culo marcado por las marcas de sus dedos. Cuando terminaron, ella se quedó tirada en la cama, jadeante y satisfecha, mientras él le pasaba los dedos por el pelo sudado y le susurraba al oído que no sería la última vez que se vieran así.