La flexibilidad extrema de Olivia Westsun con un consolador
Nunca había visto un coño tan mojado y unas piernas tan abiertas como las de Olivia Westsun. Hacía días que le lanzaba miradas de deseo mientras se estiraba en su rutina de yoga, doblando ese culito perfecto de maneras que le ponían la polla más dura que una piedra. Cada vez que se agachaba, él se imaginaba hundiéndose entre sus nalgas, pero se contenía, sabiendo que el momento llegaría. Hoy, con los muslos brillantes de sudor y el consolador hundido hasta las pelotas, Olivia gime como una perra en celo, arqueando la espalda mientras lo empuja más adentro. Sus dedos se clavan en las sábanas, los pezones duros como guijarros, y cada movimiento de cadera sacude el dildo como si le arrancara el placer de las entrañas. «¡Más, mételo más, hasta que me queme!» susurra entre jadeos, y él obedece, viendo cómo su coño se traga el juguete entero de golpe, los labios rosados estirados al límite. El sudor le cae por el cuello, los muslos tiemblan, y cuando por fin se corre, el líquido caliente brota a chorros, manchando la cama mientras ella grita, «¡Así me encanta, puto, hazme sentir toda tu sal!»