El vikingo me empotró de una vez y me llenó de leche
Nunca pensé que me atrevería a dejar que un desconocido me clavara esa polla de toro en el culo, pero cuando el vikingo me miró con esos ojos azules, supe que no podía decir que no. Me llevó a un cuarto oscuro donde el olor a sudor y lubricante se mezclaba con el miedo de que alguien nos escuchara. Cada vez que sus manos agarraban mis caderas para hundirse más, yo mordía la almohada para ahogar mis gemidos, sintiendo cómo su verga gruesa me abría de par en par. El riesgo de que alguien entrara en cualquier momento me ponía más caliente, y cuando aceleró el ritmo, sus embestidas me hacían chocar contra la pared. Sus gruñidos eran tan fuertes que tuve que taparle la boca con mi mano, pero él solo reía y me mordía los dedos. Cuando por fin se corrió, sentí el chorro caliente llenándome hasta las pelotas, y supe que no iba a poder caminar derecho después de esto. La marca de sus dedos en mis muslos y el charco pegajoso en el suelo eran la prueba de lo que acababa de pasar.