Secretaria en medias se cabalga al jefe gorda
La secretaria del jefe llevaba semanas mordiéndose los labios cada vez que él pasaba cerca de su escritorio con ese bulto imposible en los pantalones... Hoy no pudo resistirse más y, con un susurro de 'necesito que me empotre', se quitó las bragas de encaje y se sentó a horcajadas sobre su regazo en medio de la oficina. El jefe, con las manos temblorosas, le levantó la falda ajustada hasta la cintura dejando al descubierto unas nalgas prietas y un coño ya empapado que brillaba bajo la luz del fluorescente. Sin pensarlo dos veces, agarró su gruesa verga sin circuncidar y la guió hasta su entrada, sintiendo cómo el calor húmedo de ella se aferraba a su piel al hundirse de golpe hasta las pelotas. La secretaria soltó un gemido gutural mientras sus tetas grandes y naturales rebotaban sin control con cada embestida salvaje que le daba su jefe, quien la agarraba de la cintura con fuerza para clavársela más profundo. '¡Más fuerte, cabrón, que me vas a reventar el coño!', chilló ella mientras se mordía el labio inferior, con los ojos vidriosos y las uñas clavadas en los hombros de él. Las medias negras se le arrugaban en los muslos cada vez que él la levantaba para bajarla con más fuerza, haciendo que su culo redondo chocara contra su pelvis con un sonido húmedo y obsceno. Él, entre jadeos, le agarraba las tetas grandes con ambas manos, apretándolas como si fueran dos melones maduros mientras le chupaba los pezones duros como piedras. La oficina olía a sexo, a sudor y a perfume barato mezclado con el aroma a piel sudada, y los dos se movían al ritmo de los gemidos que resonaban en las paredes vacías. Ella, con las piernas temblorosas, sintió cómo el orgasmo le recorría la espalda como un relámpago y no pudo evitar gritar '¡me corro, hijo de puta!' mientras se le escapaba un chorro de leche espesa por el coño al correrse encima de su verga, que seguía embistiéndola sin piedad. Él, al sentir cómo su coño se contraía alrededor de su pene, no aguantó más y se dejó llevar, llenándola por dentro con chorros calientes que le hicieron arquear la espalda hasta casi caerse del escritorio. Cuando terminaron, ella se quedó jadeando sobre su regazo, con las medias rotas y el maquillaje corrido, mientras él le limpiaba con los dedos los restos de corrida que le escurrían por los muslos. La secretaria sonrió con picardía, se bajó de un salto y le dijo al oído 'ahora sí que no voy a poder concentrarme en el trabajo', antes de salir del despacho con el culo aún tembloroso y la falda manchada de sus propios jugos.