Oficial del centro comercial la empotra a la menor de edad
La chiquilla no podía creer que el tipo de la caseta de seguridad la hubiera atrapado husmeando entre los probadores sin permiso. Con solo diecisiete años y unas tetas que rebotaban bajo la blusa ajustada, Vanessa no tenía escapatoria cuando el mastodonte de uniforme la agarró por el cuello y le escupió al oído que se callara si no quería que su mamá supiera lo que hacía en el mall. La pobre se quedó paralizada con el coño empapado mientras él le arrancaba el short de mezclilla y le hundía dos dedos gruesos entre los labios hinchados, obligándola a gemir con la boca tapada para que nadie escuchara los ruidos de su coño mojado rebotando contra el mostrador de atención al cliente. Él no perdió tiempo en bajarse la cremallera y sacudir esa polla morada y venosa que hizo que ella tragara saliva con los ojos como platos, imaginando lo que esa verga monstruosa le haría dentro de su estrecho agujero virgen. Con un empujón brutal la tiró sobre la mesa de madera donde los clientes firmaban recibos, le separó las nalgas con manos callosas y sin aviso le clavó hasta la mitad de un solo empellón que le arrancó un chillido ahogado y le llenó el culo de un dolor caliente que se mezclaba con el morbo de saber que su primera vez sería con un desconocido que la trataba como su puta de turno. Ella intentó forcejear, pero cada vez que forcejeaba él le agarraba el pelo y le metía la lengua hasta la garganta mientras le daba palmadas en el culo que resonaban en todo el centro comercial vacío, dejándole marcas rojas que brillaban bajo la luz fluorescente. Cuando por fin la penetró de golpe, sintiendo cómo su coño virgen se abría a duras penas para recibir esa gruesa verga que la partía en dos, Vanessa sintió que se le nublaba la vista y un orgasmo inesperado le recorrió la espalda como un relámpago, mojándole aún más las piernas mientras él gruñía como un animal y le susurraba que seguía siendo una putita sucia que merecía que la follaran hasta dejarla sin aliento. El tipo no se corrió dentro, sino que le escupió en la cara y le ordenó que le limpiara la polla con la boca antes de soltarla con una bofetada que le dejó el labio partido, mientras ella se limpiaba los restos de corrida de los muslos temblorosos y salía corriendo con el culo adolorido y el corazón latiendo a mil por hora, preguntándose si algún día volvería a sentir algo parecido sin que la descubrieran.